Gracias papa, por el padre que has
sido para mí. Es cierto que no has sido perfecto, pero yo tampoco lo he sido…
En esta etapa de mi vida, me doy cuenta, cuanto vales mi viejo querido, gracias
por enseñarme el valor de las cosas.
Hoy guardo los tesoros que mostraste y que enseñare un día.
Como esta carta, en el invierno de tu existencia:
Hoy guardo los tesoros que mostraste y que enseñare un día.
Como esta carta, en el invierno de tu existencia:
El día que me veas viejo, si me ensucio cuando como y no logro vestirme…
¡tenme paciencia, por favor! Recuerda todo el tiempo que pase para enseñarte a
comer.
Si cuando hablo te repito siempre la misma cosa, no me interrumpas… escúchame, cuando eras chico, me pedías que te contara cada noche la misma historia hasta que te dormías.
Cuando no quiero lavarme no te enojes y no me hagas avergonzar… recuerda cuando tenía que correr detrás de ti, mientras inventabas mil escusas para no bañarte.
Cuando veas mi ignorancia en cuanto a las nuevas tecnologías, dame el tiempo necesario no me mires con aquella sonrisa irónica, recuerda mi paciencia al enseñarte el abecedario.
Cuando a cierto punto no logro recordar o pierdo el hilo de la conversación… dame el tiempo necesario para recordar y si no lo logro, no te pongas nervioso… lo más importante no es lo que digo, sino la necesidad de estar contigo, sentirte cerca y ver que me escuchas.
Cuando mis piernas cansadas no me permiten de seguir tu paso no me trates como si fuese un peso, acércate, ofréceme tus fuertes manos del mismo modo como yo lo hice una vez cuando dabas tus primeros pasos.
Cuando digo que quisiera morir… no te enojes, un día comprenderás que es lo que me lleva a decirlo. Trata de entender que a mi edad no ya no hay mucho que esperar y que algunas veces el cansancio, el dolor o la soledad te cambian la vida por la supervivencia.
Un día descubrirás que a pesar de mis errores, siempre quise lo mejor para ti, que siempre intente allanarte el camino.
Dame un poco de tu tiempo, dame un poco de tu paciencia, dame un hombro en donde apoyar la cabeza del mismo modo que lo hice por ti.
Ayúdame a caminar, ayúdame a terminar mis días sintiéndome amado… y en cambio te daré una sonrisa y todo el inmenso amor que siempre tuve por ti
Te amo hijo mío.
Papá
Si cuando hablo te repito siempre la misma cosa, no me interrumpas… escúchame, cuando eras chico, me pedías que te contara cada noche la misma historia hasta que te dormías.
Cuando no quiero lavarme no te enojes y no me hagas avergonzar… recuerda cuando tenía que correr detrás de ti, mientras inventabas mil escusas para no bañarte.
Cuando veas mi ignorancia en cuanto a las nuevas tecnologías, dame el tiempo necesario no me mires con aquella sonrisa irónica, recuerda mi paciencia al enseñarte el abecedario.
Cuando a cierto punto no logro recordar o pierdo el hilo de la conversación… dame el tiempo necesario para recordar y si no lo logro, no te pongas nervioso… lo más importante no es lo que digo, sino la necesidad de estar contigo, sentirte cerca y ver que me escuchas.
Cuando mis piernas cansadas no me permiten de seguir tu paso no me trates como si fuese un peso, acércate, ofréceme tus fuertes manos del mismo modo como yo lo hice una vez cuando dabas tus primeros pasos.
Cuando digo que quisiera morir… no te enojes, un día comprenderás que es lo que me lleva a decirlo. Trata de entender que a mi edad no ya no hay mucho que esperar y que algunas veces el cansancio, el dolor o la soledad te cambian la vida por la supervivencia.
Un día descubrirás que a pesar de mis errores, siempre quise lo mejor para ti, que siempre intente allanarte el camino.
Dame un poco de tu tiempo, dame un poco de tu paciencia, dame un hombro en donde apoyar la cabeza del mismo modo que lo hice por ti.
Ayúdame a caminar, ayúdame a terminar mis días sintiéndome amado… y en cambio te daré una sonrisa y todo el inmenso amor que siempre tuve por ti
Te amo hijo mío.
Papá
Si eres papa, acompáñame con la
siguiente oración escrita y si no lo eres, también… porque algún día serás papa:
Dame, oh Señor
… un hijo que sea lo bastante fuerte para saber cuándo es débil, y lo bastante valeroso para enfrentarse consigo mismo cuando sienta miedo; un hijo que sea orgulloso e inflexible en la derrota honrada, y humilde y magnánimo en la victoria.
… un hijo que nunca doble la espalda cuando deba erguir el pecho; un hijo que sepa conocerte a Ti… y conocerse a sí mismo, que es la piedra fundamental de todo conocimiento.
Condúcelo, te lo ruego, no siempre por el camino cómodo y fácil, sino también por el camino áspero, aguijoneado por las dificultades y los retos.
Allí déjale aprender a sostenerse firme en la tempestad y a sentir compasión por los que fallan.
… un hijo cuyo corazón sea claro, cuyos ideales sean altos; un hijo que se domine a sí mismo antes que pretenda dominar a los demás; un hijo que aprenda a reír, pero que también sepa llorar; un hijo que avance hacia el futuro, pero que nunca olvide el pasado.
Y después que le hayas dado todo eso, agrégale, te suplico, suficiente sentido del buen humor, de modo que pueda ser siempre serio, pero que no se tome a sí mismo demasiado en serio.
Dale humildad para que pueda recordar siempre la sencillez de la verdadera grandeza, la imparcialidad de la verdadera sabiduría, la mansedumbre de la verdadera fuerza.
Entonces, yo, su padre, me atreveré a murmurar: `No he vivido en vano’.
Jamás permitas que te digan que no
puedes hacer algo.
Si tienes un sueño tienes que
perseguirlo.
Si sueñas algo, realízalo, pronto.










0 comentarios:
Publicar un comentario