miércoles, 22 de julio de 2020

EL JUGADOR INOXIDABLE

Existe una frase muy clara que dice "la carrera del futbolista es la carrera más corta", pero no menos cierto es que toda regla tiene su excepción. La experiencia es algo que no se puede subestimar, es algo muy importante y forma parte del ciclo de vida de cualquier actividad del ser humano.
El futbolista Nenito Zagal, era un caso peculiar en el mundo, un fenómeno de este siglo XXI. Existió otro caso único en el siglo pasado, el inglés Sir Stanley Matthew, ganador del 1er. balón de oro de oro en la historia del futbol.
Nenito tenia cuarenta y nueve años, estaba a días de cumplir los cincuenta, y no solo seguía jugando al futbol, sino que la rompía; un jugador que llevaba en su sangre "luchar hasta el final", batallaba como un león a pesar de su adelantada edad, mantenía viva las ganas de seguir jugando.
El domingo iba a cumplir cincuenta años y se había montado una cobertura periodística nunca vista en el país. Porque ese domingo era la última fecha del campeonato y su equipo podía ser campeón. El goleador eterno, había anunciado su retiro, justo el día en que cumplía medio siglo de vida. Era raro, porque nadie comprendía como había podido jugar tanto tiempo, pero a su vez todos le pedían que siguiera jugando un año más, si total estaba en perfecto estado.
-"No, el domingo me retiro. Es el momento indicado, cumplo los cincuenta y chau futbol. No puedo seguir ni un día más"-dijo él.
¿Quién iba a recordar lo que había dicho veinticinco años atrás?, cuando en una nota para la televisión, también un día de su cumpleaños, le habían preguntado que deseo pediría si le daban a elegir lo que quisiera y él respondió:
-"Jugar siempre al futbol. Si alguien me asegura que puedo jugar en plenitud hasta los cincuenta años, pero al día siguiente me muero, yo acepto ese compromiso sin dudarlo ni un segundo"-.
A los pocos días de esa nota, el soñó la consumación de un trato. Soñó que se le apareció el mismísimo Lucifer y le dijo:
-"Te vi por la tele y vine a buscarte para ver si es cierto lo que declaraste"-. Se dieron la mano cerrando el pacto, el Diablo le dijo: -"el día que cumplas cincuenta años vas a jugar tu último partido de futbol, exactamente veinticuatro horas después te vas a morir y tu alma pasara a pertenecerme"-.
Le vendió su alma al Diablo, ni más ni menos. Había sido apenas un sueño, pero él lo tomaba como algo real, como algo que verdaderamente ocurrió. Más aun cuando seguían pasando los años, permaneciendo en perfecto estado físico y mental. Metía goles de todos los colores. Estuvo treinta años jugando profesionalmente, batiendo todos los records: se convirtió en el máximo goleador histórico del futbol de su país, gano diez títulos locales, cuatro libertadores y dos intercontinentales. En el exterior también se cansó de hacer goles y dar vueltas olímpicas, jugo junto a hijos de ex compañeros y en la actualidad integraba el equipo con el nieto del capitán del plantel en que debuto. Pero ya todo se iba a terminar. Ese domingo cumplía cincuenta años y jugaría su último partido. Estaba tranquilo, sabía que había hecho las cosas bien, nadie podía reprocharle nada. El domingo llego. El hotel donde concentraba era un mundo de periodistas, pero el simplemente les dijo que no iba a hacer declaraciones.
-"Hoy hablo solamente en la cancha"-, fueron sus únicas palabras para la prensa. Aunque después termino accediendo a brindar una conferencia luego de terminado el encuentro.
Llego la hora del partido. Salieron a ganar, y vaya si ganaron, golearon 4 a 0, con tres goles de Nenito. No había mejor forma para retirarse que saliendo nuevamente campeón y con tres goles suyos. Dio su última vuelta olímpica, con todas las cámaras apuntándolo a él en un estadio que se desvivía por aplaudirlo. Ya en la conferencia de prensa todos tenían la ilusión de escucharlo decir que seguía otro año, pero eso nunca iba a ocurrir.
-"Hasta acá llegue muchachos, hoy fue mi último partido. Ya no me van a ver más en una cancha"- dijo él.
En la fiesta del festejo del título, entre tanta alegría, recordó que le quedaban pocas horas de vida, se le nublaron los ojos y por su mejillas caían unas lágrimas. No podía comprender porque había hecho ese pacto, como lo había aceptado. Se consolaba pensando que había sido una torpeza producto de su inmadurez. Ahora quería cambiar el trato, pero ya era demasiado tarde. Todo era muy injusto, no lo podía tolerar. Si hubiese tenido la posibilidad de modificarlo, sin duda lo hubiese hecho. Pediría jugar al futbol hasta los cincuenta años, pero morirse en el instante mismo en que el árbitro diera por finalizado el partido. Eso era lo correcto. Después de todo, ¿para qué seguir viviendo un día más sin futbol?

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